La playa siempre es un buen destino y más si el sol luce y las olas enarboladas, ofrecen cadencia a los pasos, rítmicos y en uno de los oídos, algo de música, el otro, para escuchar el otro ritmo que circunda y hay que absorber, para... no pensar tanto.
Pero se piensa, claro que se piensa. Es una cuestión cerebral difícil de contener. Que a muchos los vuelve locos, puede ser. Otros limitan la locura por el deber... de seguir.
Y sigo, es un largo paseo este que nos damos. Que hay que hacerlo bien, pero quien tiene el acertijo, la intuición tan desmesurada, el sentimiento tan poderoso, de no tropezar y caer. Creo que nadie, y si alguien existe que pueda dominar a su antojo los pasos sin tropezar de vez en cuando, o sobre todo, darse un buen leñazo, bienvenido al galardonado por tal excelsa virtud.
Que hay quien tiene un destino prefijado, una vocación desmedida, un control sobre si mismo, que hace que aunque la providencia le ofrezca un buen susto, al menos, está más preparado.
Pero hay quien nunca tuvo una vocación asegurada, un control de si mismo algo inestable, un destino demasiado marcado o una sensibilidad demasiado impresionable... o demasiados pensamientos que le ofrecen un maremágnum de sensaciones... que no sabe cual escoger... Será que no elegí mi mundo... o vete a saber... él me eligió a mí...
De la extensa bahía llego hasta el puerto, y luego, vuelvo. Sigo escuchando música... no se... debería considerar dejar de pensar tanto... aunque... por suerte o desgracia, no posea tal excelsa virtud...
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