Remembranzas confusas de la dualidad del querer, que quiere vivir y no sabe como hacerlo. Nadie enseña, ello es dado por la capacidad y la situación de empeño que cada ser se implanta en sus credenciales, y así, potenciar las dudas. Olvidando en rincones fatídicos el envoltorio de la desilusión, y dejarla allí, hasta que remita. Solo y tan solo y soledad ofrecen una garantía para lo que espera se ofrezca, libre de influencias... mas, que se espera, nunca se sabe, es por venir, y viene sin tanto atender a lo que llegar desea, y menos, toda una vida, si cada momento, ya es toda ella.
Campea el solitario refugio de las tristes jornadas, que no desvelan ni un ápice de los seguros menesteres, esos que siempre son tan inseguros. Se caen las casas de siempre, las eternas moradas de los ilusos, que de absurdos sueños forjan sus vidas, las que desplazan a un rincón la realidad de las otras, por comportamientos que se comprenden cada vez menos. Se dicen ser los aventurados, que ellos a si mismos se ofertan, sin tratar de averiguar sus composturas, su breve permanencia en el tiempo. Divagan tanto en sus voluntades, que la casa que les cobija, es la ruindad de sus mentiras, aunque magnífico sea el palacio. Es la voluntad en si misma, la que provee de fuerza, y otras casas aunque viejas, más complacen, porque siempre algo es algo, y no se le da más vueltas.
Sombras y más sombras que hacen perder el equilibrio, y la espera se centra en cualquier forma de conclusión, aunque sea el peligro, el que acompaña al fastidio. Cualquier espera para olvidar el castigo. Si no existe la figura, se crea, se busca, en el fatídico rincón, el que de más tristeza embarga las dudas, y por ser las intranscendentes dudas las que causan tristeza, ofuscados, se olvidan de sus alas, las que siempre para volar esperan.
Sabiduría en cualquier lugar, la que acompaña al que de infinitos sabores deleita, que cualquier rincón es bueno, para ahondar en sus quimeras. Que no son más que sinsabores, que desean ser endulzados por la belleza, porque para un débil corazón,
cualquier cosa ya es bella.
-¿Débil?-. No existe la debilidad en quien sabe por qué se sufre. Que desiste de la actitud muy humana de obcecarse por los designios de magnificencia de esos otros. Uno que tan solo ve la alegría como su don preciado, y la tiene en su rincón, para cuando la necesita...; y sabe, que en el rincón de lo intranscendente, por lo que tantas almas se desesperan, lo único que aflora, es que todas ellas sufren.





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