Esperaba con paciencia su retorno, la pasión del ser querido, la ilusión de todos aquellos años, su compañera. Que lo persuadió con la exigencia de la necesidad de una ausencia, porque sabe que él confía y sabe que él la espera. Y convencido, la vio partir en su momento, acompañada de otras compañeras, con la alegría de vivir una historia que le esperaba en otras tierras. Y el ahora, empieza a dudar, empieza a pensar, en las historias que le esperaban en aquellas tierras, porque la espera, empieza a ser demasiado larga.


El emperrado deseo de conocer esa tierra, ese otro pueblo, esas foráneas costumbres. La zozobra de sus últimos días, antes de la partida, que ahora son recelos. La fugaz despedida en la terminal, rodeada de una dudosa pasión y de mucha prisa por alejarse. Que dirigió sus pasos hacia el mostrador de embarque y que no dignó girarse al desaparecer entre el gentío..., al menos un último saludo, en aquel postrer adiós. Antes no pensaba, no dudaba de su sinceridad, de su fidelidad, pero ahora la duda le corroe, le impone una especie de carcoma en el corazón, porque no es tan solo la espera, es la falta de una mínima noticia, desde aquel día que se fue..., y de eso, ya hace mes y medio.
Es duro, es cruel, ver pasar los días y no saber nada. No pensar en nada más que en el día que quiso emprender aquellas cortas vacaciones. Cortas, eso decía. Y
obligado a intentar comprender ahora, que en aquel momento entendía su postura, cree con más firmeza, por los días que van sumando y no le dan respuesta, de que no era una historia de unas cortas vacaciones, como las que se emprenden sin más, sino un encuentro con otro, porque todo se lo advertía, y sobre todo, en la espera y sin respuesta, que le hacía ser más perspicaz.
La soledad piensa mucho, cavila demasiado, se hace muy astuto el discurso con el interior cuando no hay nada que lo certifique, que cambie el discurso, que ofrezca una réplica a las temidas sospechas. Se empieza a atar cabos y en algún momento surge la lucidez, de que hubo otros días que no eran como debían de ser. Días en su compañía que no eran ya los mismos, los que se consideran los mismos cuando tantos años se han compartido. Que tenían el ácido aroma del desdén, una especie de sutil rechazo en el distraído comportamiento, en la costumbre que se acepta cuando tantos años han sido moldeados por la rutina de la pareja, que el amor considera válidos, porque se consagra a su inspiración mucho de la forma de hacer y al repetirlo de continuo..., nos vuelve ciegos.
Ciego, estaba ciego. Ahora, en la soledad de este amanecer, cuando la noche ha sido larga y el sueño no ha permitido que los aciagos días, puedan desahogar su angustia, voy comprendiendo cada vez más, que la soledad me va a acompañar mucho más en el futuro. Porque es mucho el tiempo concedido para llegar a una conclusión, porque no ha habido ni una carta, ni una esquela en una postal..., una simple llamada...-estoy bien, no te preocupes-. Nada, ni eso. Y es lo que empieza a enfurecer, lo que envenena el ánimo, despierta el letargo y obliga a tomar una decisión, una actitud ante el despecho..., si es que vuelve.
-¿Por qué me haces esto?-, ¿que te forzó a este comportamiento?-, ¿que aburriste de mí, para que tu hastío se dirigiera hacia otras tierras?, -¿demasiados años, demasiada rutina?...-. Preguntas sin respuesta, en el cegado día que amanece, por mi anterior ceguera y por los rayos de la luz intensa, de este sol que surge y me ciega aún más. Que calienta, eso si, mi helado corazón, que descompuesto y roto, te grita en su fuero, en su interior, desde esta península hacia esa otra, donde tú..., ahora ya se que no me esperas. Que ya no es adivinar el resultado de mis preguntas, es vivir en la certeza, de que tu allí, con alguien compartes otra historia. Lo se, me has dejado en la espera y junto a la soledad, se vuelven muy despiertas. Ven y sienten, aunque la vista y el sentimiento en sus cegueras, no vieran. Pero el tiempo ofrecido a la espera, deja alumbrar una nueva forma de razonar, que al no disponer de tu figura que coteja, en este lugar vacío y retirado y sin tu darme una buena sentencia..., en mi frustración sentencio, y si es que vuelves..., renuncio. Ya no quiero saber tus veredictos, en algo que tiene cada vez más, visos de querella.
Miro la arena, el sol me ciega, mi cólera también... -¿Por qué no me lo aclaraste antes?..- eso es sensatez y respeto, y nos debemos lo uno y lo otro. Son muchos años compartidos para que me hagas esto. Que es lo que creo, en mi larga espera, que me estás haciendo. Me dejas que lo saboree, me obligas a la desconfianza, me encarrilas hacia una oscura reflexión..., un mes y medio es demasiado, y además...-¡¡me dijiste dos semanas!!.
Se empieza a hacer tarde, tengo que volver. Aunque cansado y sin haber dormido casi, o más bien nada, que hasta creo que me he pasado toda la noche aquí, en la arena, esperando. Porque mis abrumados sentidos no me dejaban pensar en otra cosa, que tan solo en ella. Se que no conseguiré nada en esta inútil espera y harto y descorazonado, he de seguir. He de vivir mi vida, la que me ha de importar a partir de ahora, porque ella, se fue, y desde aquel día no me ha dicho nada.
Entro en la casa, vuelvo a mirar el mar por la ventana. El sol se empieza a desplazar en su cenit y sigo con la mirada perdida las gentes que empiezan a pulular por la playa, pocas, es febrero. Y a lo lejos, veo una figura, me resulta conocida. Su caminar, su silueta, su larga melena, creo adivinar quien es. Pero mi corazón no se alegra, porque le ha dado tiempo en la espera, sentir que ya no es de ella. Se que es ella, y no me emociona, no me satisface, no me alegra y ahora espero, a que ya que ella por fin llega, venga hasta mi puerta y me explique su larga ausencia.
-Hola-. -Hola-. Su esquiva mirada, su culpa que no confiesa, pero la tiene grabada. Son muchos años con ella, se lo que le pasa. -¿Que tal?, has vuelto-. -Si, aquí estoy-.
Pero como si no estuviera, para mi y no se como, ya no es la que esperaba. -Vamos a dar una vuelta-, -necesito aire, necesito caminar contigo-, -hablar de lo que tu sabes y que me tenías que haber dicho antes-. ¿Que?-. -Ya sabes, no me vengas con excusas, te conozco demasiado y por desgracia, todo este tiempo que no me has dicho nada, aún te he conocido mejor-. Calla, no dice nada, sabe, que yo se.
Nos vamos, caminamos y caminamos en silencio, ese que da respuestas. De soslayo, cruzamos alguna que otra mirada, pero vacías, como lo nuestro, como lo que ya se sabe, de lo que ya no queda nada. Y veo su impaciencia, su tensión, pero la dejo, impaciente, tensa..., que me explique. Es ella la que se fue, ha vuelto y durante todo ese tiempo, no me dijo nada. Así que creo, que tiene muchas cosas que explicar...: -nos lo hemos pasado muy bien-. Empieza diciendo. -Ya-. -Aquello es muy bonito-. -Ya-. -Tenías que haber venido...-. - ¡¡Jajaja, no me digas!!-. Se calla, sospecha. Seguimos en el tenso silencio. Mientras: ni un beso, ni un abrazo, ni una muestra de cariño..., estamos sentenciados. Me canso, no he dormido, estoy muy cansado, y harto de saber lo que no es capaz de salir por su boca, le digo: -¿como es él?-. Perpleja, abre los ojos como platos, esos maravillosos ojos azules que me volvían loco, ahora, me dan pena. -¿Que dices?-. -Como que que digo, tanto tiempo sin una respuesta, una carta, una llamada por teléfono, ¡¡algo!!-, -además, dos semanas muy largas, ¿no crees?-. Calla, la culpa calla y mira al suelo. -Dime algo por favor y que sea la verdad, que creo hace tiempo, que me empezaste a mentir-, -lo se, ahora ya lo se todo...-. Y ella también y lo cuenta y me duele mucho, aunque la sospecha lo intuyera, pero las palabras y su fallo y su refutar la sentencia, me marean, me hacen sentir muy mal. No se, me enfurece, me dan ganas de gritar, de desahogar el sentimiento que me posee, al ver tan clara su artimaña, su doble juego. El haber continuado conmigo, hasta que al otro lo tuviera bien seguro. Y eso, es muy dañino, es una oscura fuerza que rompe una parte del alma, algo que será muy difícil restaurar. Pero cansado y sin haber dormido nada, me canso aún más, y viendo que ya no se puede hacer nada, le digo: -¡¡vete!!-, -no quiero volver a saber nada más de tí-, -para mí has muerto-, -ni amigos, ya que tu egoísmo ha sido tan ruin..., ¿como vamos a mantener una amistad?, ¡¡imposible!!...-. Me mira de arriba abajo, surgen unas lágrimas, se da media vuelta, empieza a caminar, a alejarse..., y como aquella despedida en la terminal, no se gira. Ni un saludo de despedida, en este último y definitivo adiós. Y me quedo solo, vuelvo a estar solo, miro al suelo..., triste, no culpable... Algo incierto se empieza a implantar en mi desolado ánimo, pero seguro se, que a partir de ahora, ya nunca más va a ser para ella mi espera.

Han pasado muchos años, hemos vivido nuestras vidas, que nos han dejado otras alegrías y otros sinsabores. Hemos compartido con otros, lo que acabó aquel día en aquella playa, después de una larga espera... Y se que ahora, más de una vez, ella piensa en la espera, y que yo, hace ya muchos años, dejé de pensar en ella.

Es duro, es cruel, ver pasar los días y no saber nada. No pensar en nada más que en el día que quiso emprender aquellas cortas vacaciones. Cortas, eso decía. Y
obligado a intentar comprender ahora, que en aquel momento entendía su postura, cree con más firmeza, por los días que van sumando y no le dan respuesta, de que no era una historia de unas cortas vacaciones, como las que se emprenden sin más, sino un encuentro con otro, porque todo se lo advertía, y sobre todo, en la espera y sin respuesta, que le hacía ser más perspicaz.
La soledad piensa mucho, cavila demasiado, se hace muy astuto el discurso con el interior cuando no hay nada que lo certifique, que cambie el discurso, que ofrezca una réplica a las temidas sospechas. Se empieza a atar cabos y en algún momento surge la lucidez, de que hubo otros días que no eran como debían de ser. Días en su compañía que no eran ya los mismos, los que se consideran los mismos cuando tantos años se han compartido. Que tenían el ácido aroma del desdén, una especie de sutil rechazo en el distraído comportamiento, en la costumbre que se acepta cuando tantos años han sido moldeados por la rutina de la pareja, que el amor considera válidos, porque se consagra a su inspiración mucho de la forma de hacer y al repetirlo de continuo..., nos vuelve ciegos.
Ciego, estaba ciego. Ahora, en la soledad de este amanecer, cuando la noche ha sido larga y el sueño no ha permitido que los aciagos días, puedan desahogar su angustia, voy comprendiendo cada vez más, que la soledad me va a acompañar mucho más en el futuro. Porque es mucho el tiempo concedido para llegar a una conclusión, porque no ha habido ni una carta, ni una esquela en una postal..., una simple llamada...-estoy bien, no te preocupes-. Nada, ni eso. Y es lo que empieza a enfurecer, lo que envenena el ánimo, despierta el letargo y obliga a tomar una decisión, una actitud ante el despecho..., si es que vuelve.
-¿Por qué me haces esto?-, ¿que te forzó a este comportamiento?-, ¿que aburriste de mí, para que tu hastío se dirigiera hacia otras tierras?, -¿demasiados años, demasiada rutina?...-. Preguntas sin respuesta, en el cegado día que amanece, por mi anterior ceguera y por los rayos de la luz intensa, de este sol que surge y me ciega aún más. Que calienta, eso si, mi helado corazón, que descompuesto y roto, te grita en su fuero, en su interior, desde esta península hacia esa otra, donde tú..., ahora ya se que no me esperas. Que ya no es adivinar el resultado de mis preguntas, es vivir en la certeza, de que tu allí, con alguien compartes otra historia. Lo se, me has dejado en la espera y junto a la soledad, se vuelven muy despiertas. Ven y sienten, aunque la vista y el sentimiento en sus cegueras, no vieran. Pero el tiempo ofrecido a la espera, deja alumbrar una nueva forma de razonar, que al no disponer de tu figura que coteja, en este lugar vacío y retirado y sin tu darme una buena sentencia..., en mi frustración sentencio, y si es que vuelves..., renuncio. Ya no quiero saber tus veredictos, en algo que tiene cada vez más, visos de querella.
Miro la arena, el sol me ciega, mi cólera también... -¿Por qué no me lo aclaraste antes?..- eso es sensatez y respeto, y nos debemos lo uno y lo otro. Son muchos años compartidos para que me hagas esto. Que es lo que creo, en mi larga espera, que me estás haciendo. Me dejas que lo saboree, me obligas a la desconfianza, me encarrilas hacia una oscura reflexión..., un mes y medio es demasiado, y además...-¡¡me dijiste dos semanas!!.
Se empieza a hacer tarde, tengo que volver. Aunque cansado y sin haber dormido casi, o más bien nada, que hasta creo que me he pasado toda la noche aquí, en la arena, esperando. Porque mis abrumados sentidos no me dejaban pensar en otra cosa, que tan solo en ella. Se que no conseguiré nada en esta inútil espera y harto y descorazonado, he de seguir. He de vivir mi vida, la que me ha de importar a partir de ahora, porque ella, se fue, y desde aquel día no me ha dicho nada.
Entro en la casa, vuelvo a mirar el mar por la ventana. El sol se empieza a desplazar en su cenit y sigo con la mirada perdida las gentes que empiezan a pulular por la playa, pocas, es febrero. Y a lo lejos, veo una figura, me resulta conocida. Su caminar, su silueta, su larga melena, creo adivinar quien es. Pero mi corazón no se alegra, porque le ha dado tiempo en la espera, sentir que ya no es de ella. Se que es ella, y no me emociona, no me satisface, no me alegra y ahora espero, a que ya que ella por fin llega, venga hasta mi puerta y me explique su larga ausencia.
-Hola-. -Hola-. Su esquiva mirada, su culpa que no confiesa, pero la tiene grabada. Son muchos años con ella, se lo que le pasa. -¿Que tal?, has vuelto-. -Si, aquí estoy-.
Pero como si no estuviera, para mi y no se como, ya no es la que esperaba. -Vamos a dar una vuelta-, -necesito aire, necesito caminar contigo-, -hablar de lo que tu sabes y que me tenías que haber dicho antes-. ¿Que?-. -Ya sabes, no me vengas con excusas, te conozco demasiado y por desgracia, todo este tiempo que no me has dicho nada, aún te he conocido mejor-. Calla, no dice nada, sabe, que yo se.
Nos vamos, caminamos y caminamos en silencio, ese que da respuestas. De soslayo, cruzamos alguna que otra mirada, pero vacías, como lo nuestro, como lo que ya se sabe, de lo que ya no queda nada. Y veo su impaciencia, su tensión, pero la dejo, impaciente, tensa..., que me explique. Es ella la que se fue, ha vuelto y durante todo ese tiempo, no me dijo nada. Así que creo, que tiene muchas cosas que explicar...: -nos lo hemos pasado muy bien-. Empieza diciendo. -Ya-. -Aquello es muy bonito-. -Ya-. -Tenías que haber venido...-. - ¡¡Jajaja, no me digas!!-. Se calla, sospecha. Seguimos en el tenso silencio. Mientras: ni un beso, ni un abrazo, ni una muestra de cariño..., estamos sentenciados. Me canso, no he dormido, estoy muy cansado, y harto de saber lo que no es capaz de salir por su boca, le digo: -¿como es él?-. Perpleja, abre los ojos como platos, esos maravillosos ojos azules que me volvían loco, ahora, me dan pena. -¿Que dices?-. -Como que que digo, tanto tiempo sin una respuesta, una carta, una llamada por teléfono, ¡¡algo!!-, -además, dos semanas muy largas, ¿no crees?-. Calla, la culpa calla y mira al suelo. -Dime algo por favor y que sea la verdad, que creo hace tiempo, que me empezaste a mentir-, -lo se, ahora ya lo se todo...-. Y ella también y lo cuenta y me duele mucho, aunque la sospecha lo intuyera, pero las palabras y su fallo y su refutar la sentencia, me marean, me hacen sentir muy mal. No se, me enfurece, me dan ganas de gritar, de desahogar el sentimiento que me posee, al ver tan clara su artimaña, su doble juego. El haber continuado conmigo, hasta que al otro lo tuviera bien seguro. Y eso, es muy dañino, es una oscura fuerza que rompe una parte del alma, algo que será muy difícil restaurar. Pero cansado y sin haber dormido nada, me canso aún más, y viendo que ya no se puede hacer nada, le digo: -¡¡vete!!-, -no quiero volver a saber nada más de tí-, -para mí has muerto-, -ni amigos, ya que tu egoísmo ha sido tan ruin..., ¿como vamos a mantener una amistad?, ¡¡imposible!!...-. Me mira de arriba abajo, surgen unas lágrimas, se da media vuelta, empieza a caminar, a alejarse..., y como aquella despedida en la terminal, no se gira. Ni un saludo de despedida, en este último y definitivo adiós. Y me quedo solo, vuelvo a estar solo, miro al suelo..., triste, no culpable... Algo incierto se empieza a implantar en mi desolado ánimo, pero seguro se, que a partir de ahora, ya nunca más va a ser para ella mi espera.

Han pasado muchos años, hemos vivido nuestras vidas, que nos han dejado otras alegrías y otros sinsabores. Hemos compartido con otros, lo que acabó aquel día en aquella playa, después de una larga espera... Y se que ahora, más de una vez, ella piensa en la espera, y que yo, hace ya muchos años, dejé de pensar en ella.

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