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La casa


A finales de los años setenta, cuando existían entornos que maravillaban por su naturaleza salvaje, sin haberse entrometido aún más las constructoras, ni los especuladores inmobiliarios, que han hecho de la costa un conjunto de ladrillo y asfalto, llegué a un lugar de paraíso llamado Sant Pol, en la playa de S'Agaró. Mi primer encuentro con la casa, que a partir de aquel momento iba a ser mi vivienda, siempre estará en mi recuerdo. Lo que más gracia me hacía, era la llave de la puerta de entrada a las habitaciones de los pisos de arriba del local, que por sus dimensiones, no cabía en los bolsillos.


La primera impresión al entrar en la casa, fue apreciar que llevaba años sin una buena restauración, y el mar próximo y su falta de pintura, habían hecho de los elementos que la constituían un marco de dejadez y olvido, que sugieren historias de suspense y los silencios de lo acontecido, que dejan huella en los lugares olvidados. Techos demasiado altos, instalaciones eléctricas de principios del siglo pasado: cables vistos y enrollados en si mismos surcando las paredes, como gusanos larguísimos que reptaban a sus anchas. Interruptores de perilla para accionar la luz de las bombillas, que colgaban desnudas en las distintas habitaciones. Para hacerlas funcionar había que darle una vuelta al interruptor, como quien retuerce el cuello de un pequeño roedor. Que sensaciones extrañas de un tiempo, en el que un pasado, se mezclaba con las pequeñas innovaciones tecnológicas de unos años, en los que España estrenaba su reluciente democracia, y nos sentíamos plenos de libertad neonata; emociones puras, como todo lo recién estrenado. Luego, con el tiempo, todo se convierte en una farsa. Pero dejemos la política, que siempre tiene sus lados buenos y malos, pero es algo que se suele corromper bastante a menudo.


Al inspeccionar todos los rincones de la casa, y en mi juventud, dieciocho añitos de nada, sentía un expectante interés, al ir descubriendo en los pequeños desvanes, objetos interesantes de épocas pasadas: lámparas, platos, objetos de decoración..., muchas cosas en desuso y cubiertas de polvo y mugre. En su interior, inscrito el uso útil de una época, y ahora en mis manos, habría que ofrecer un nuevo carácter a la maravilla de obligar a lo viejo a renovar su abandono. No sabia por donde empezar, cada habitación guardaba una memoria del pasado. Historias encerradas entre rancias paredes, en muebles encasillados en su dejadez, repletos de hambrientas polillas, que hacían acto de presencia por la cantidad de agujeros que ostentaban; heridas infringidas a sus lustrosas glorias.


El primer piso constaba de tres habitaciones, surcadas por un largo pasillo. En una de ellas, una angosta puerta daba entrada a una cocina; en el centro, un gran armatoste de hierro forjado, donde la leña o el carbón darían gusto a los guisos. Me hizo gracia encontrar diversos útiles para cocinar, simples recipientes para elaborar comidas. Despojada totalmente de aparatos electrónicos, de los que pululan a su antojo en las modernas cocinas de hoy en día. Obligado alarde de rapidez, por el poco tiempo que se puede dedicar a esos menesteres. En dicha cocina, otra puerta daba un recibidor, al que también se podía acceder por la entada trasera de la casa, y por una empinada escalera, jalonada por escalones un poco más altos que los de ahora, protegida por una baranda de hierro con sutiles formas florales en su forja, se subía al piso superior, donde esperaban aún mas sorpresas. En el primer rellano, otra puerta, un simple cuarto de baño aparecía colgado en la fachada trasera de la casa, sobresalía de la misma como un bulto. Compuesto por lo elemental para el aseo diario: un plato de ducha, un inodoro y el lavabo. Grifos, que al ser accionados, se enredaban los dedos en las manivelas, y para poder disfrutar de agua caliente, sobre todo la del lavabo, al haber uno para cada temperatura, la mano cóncava de un grifo a otro, para poder entibiar el agua en invierno. El agua de la ducha también tenia su arte, hasta que no se encontraba el caudal en la temperatura ideal, un buen chapuzón de agua fría. Porque el don de ajustar el agua con dos grifos, había que hacerlo con dos manos, y por supuesto detrás de las dos manos, el cuerpo, y encima, la ducha cae libremente. Muy indicado para un despertar repentino, que el frío líquido suele ofrecer, y no digamos en plena crudeza invernal.


En el segundo piso, cuatro habitaciones más. Una de ellas bastante reducida, iluminada por una pequeña ventana que daba a la misma escalera. La ocupaba una solitaria cama de matrimonio, pomposo el conjunto, pero marchito, con un respaldo demasiado grande, con sinuosas figuras en la madera, que obligaban a la imaginación, a desesperar entre las tinieblas. Daba la impresión, que de golpe, se iba a presentar el inquilino que durante tantos años se había alojado en ella. La verdad, no me gustó nada; la oscuridad reinaba en ese cuarto y la desproporcionada cama que lo habitaba, ofrecía un presentimiento al alma. Lo oscuro y lo inconveniente siempre otorgan sorpresas. Cerré la puerta de golpe y me quedé pensativo, porque ya había encontrado en un lugar que aun no me instaba al respeto, por lo desconocido, un sitio para respetarlo. Que tontería la congoja que ataca, al descubrir todos los elementos de una escena, que abre un mal presagio a nuestro ser.


Continué por un pequeño pasillo, a una habitación que coincidía con otra, y me introduje en la de la derecha, curiosidad que acaece cuando se ha de escoger entre las dos direcciones, y descubrí la maravilla que me hizo olvidar de golpe todas mis dudas misteriosas. La habitación daba lugar a mis sueños de habitabilidad. Luminosa, entraba el sol a raudales por unos ventanales; tras ellos, una pequeña terraza, desde la que se contemplaba toda la bahía de S'agaró..., solitaria. Soñar despierto, en aquellas largas horas románticas frente al mar, cuando el turismo del verano no invade aún las playas. El momento que ocupa era a principios de noviembre.


La habitación izquierda, una réplica, y opté de inmediato que mi estancia futura en la casa, durante los meses de invierno, (los meses de verano, en una habitación contigua al bar de abajo), se desarrollaría en la de la derecha; y a esta otra la dejé pendiente, como a las otras, para ser ocupadas cuando se habilitara todo el lugar. Intención de sacar partido cuando llegaran los posibles inquilinos en verano. Desde el primer momento al alquilar la casa, era convertir todo esto en un pequeño hostal, y el negocio de restauración en los bajos del edificio. Pero eso es otro cantar, lo que me empezó a embargar, era el fúnebre romanticismo que despertaba en mi todo este conjunto de exuberancia marchita. La última habitación, que daba a la parte de atrás, fue a la que no hice mucho caso y en realidad, es la que me da pie a narrar toda esta historia.


Se empezaron las reformas, se restauraron los muebles que podían tener su utilidad, con unas buenas manos de pintura. La cama misteriosa de la habitación oscura, siguió en su sitio. Siempre es bueno no dar la espalda a nuestros miedos, porque si vives con ellos, te acostumbras, y así se acaba por comprender que muchos miedos, son simplemente congojas del alma, que no tienen una razón en su composición; una aprensión, un desequilibrio entre la razón y la vida. Cosas que pertenecen a lo "sobrenatural" y anidan más en la imaginación, que no en las realidades cotidianas. Pero de todas maneras, era curioso que al pasar delante de la puerta de la habitación, como quien pasa por delante de la puerta de un cementerio, me asaltara el pensamiento vago de lo raro de la existencia, y lo poco que se llega a saber en realidad de ella. Sobre todo, porque la muerte está impregnada en todas partes, ya que es algo que ocurre de continuo, y en todo lugar ha existido el drama de la extinción, mas existen puntos, en los que su marca se hace presente.


Cuando ya estuve instalado a finales de enero, en la habitación de la derecha, aunque aún quedaba mucho por hacer, no fue difícil dejarme llevar por las sensaciones de felicidad que abrigan cuando algo nuevo se inicia. No tenía muchas cosas que desempacar, porque cuando se es joven, con poco se vive, y con poco se tiene que cargar. Lástima que al cabo de los años, el simple hecho de cambiar de vivienda, se hace muy pesado, por tener que estar toda una semana cargando trastos inútiles, que se arrastran tras la existencia. Aquel día era claro y luminoso, con la suave luz de principios de año, reflejada en el frío ambiente y en el tranquilo mar. La playa emanaba un olor a limpio, que entraba deliciosamente por la nariz. Disfruté de lo lindo admirando el paisaje de toda la bahía en su esplendor, y noté que la vida, en un lugar así, tan solo por estar en él, ya bien merecía darle el nombre de privilegio.


Mas el día fue corto, como ocurre en invierno, y llegó la noche. Cuando todo se borra, cuando la luz del sol se marcha y se encienden las artificiales, y en un sitio como ese, con bombillas de pocos vatios, invade la penumbra, donde empiezan a hacer su reserva los límites de la cautela. No soy miedoso, ni mucho menos aprensivo, pero en un lugar mal iluminado y acompañado de seis habitaciones vacías, por mucho que no se quiera, siempre surge alguna idea de lo oscuro, por algún rescoldo de la mente. Tenía mis libros y una pequeña radio a pilas destartalada, en la que podía oír las noticias, y sentir un sonido que acompañara mi soledad. Al final con la lectura encontré el sueño deseado, pero por desgracia mía, poco me iba a durar.


Serían las cuatro de la mañana, cuando un ruido extraño me despertó. A partir de aquel momento, en unos tiempos distanciados, pero cronológicamente sincronizados, daba la misma cadencia un golpe lejano, que parecía surgir de alguna de las paredes de las habitaciones de abajo. Con mi lógica, le daba al sonido la respuesta de unas vigas de madera, que por el frío, producirían aquel extraño crujido al contraerse, pero..., no parecían crujidos. No hice mucho caso, y las ganas de dormir vencieron a la pregunta, de donde venían los golpes. Por la mañana y con el radiante sol que entraba por la ventana, ya había olvidado el sonido de la noche anterior. El ya se encargaría de su recuerdo. Me dediqué plenamente a organizar e ir preparando todas los medios necesarios para que el negocio se pusiera en marcha. El día pasó rápido, por estar cargado de deberes a realizar. Con la mente enfrascada en su realización, no pensé en la posibilidad de la repetición del sonido de la noche anterior. Me dormí, y al cabo de unas dos horas, algo me despertó. Ya no era el sonido, sino la sensación firme de que no estaba solo en la habitación. Me desperté algo nervioso, y en una silla que estaba delante de la cama, aparecía sentada una presencia que me miraba fijamente. Por la mortecina luz que se filtraba entre las cortinas de la ventana, proveniente de la luna, no se distinguía bien la figura, pero acongojado y con poca visibilidad, mi mente me decía que allí había alguien sentado. Accioné rápidamente la perilla de la luz, y al iluminarse la habitación, para mi sorpresa, y un poco mosqueado por ese miedo estúpido que se impregna cuando la percepción no está del todo restaurada, pude ver la silla, la camisa y el pantalón puestos de tal manera, que parecía alguien acomodado en ella. Me dediqué unas cuantas reprimendas, apagué la luz, pero un pensamiento dentro de la duda me asaltó..., -¿me desperté, no porque viera la ropa?-, -¿que me indujo al error, sino que realmente algo me había despertado?-. -Bueno, déjate de tonterías y a dormir, que mañana hay que hacer muchas cosas-. Y eso es lo que hice.

De mi poca atención a estos temas del misterio, empezaron a surgir una serie de ideas que eran causa de otras, consecutivas en su composición, por los fenómenos que cada vez iban en aumento, en las diferentes estancias de la casa, y de los que al adoptar mi teoría propia del asunto, me limité a tomar aspectos que encajaran en ella, y descarté lo lógico, para entrar en el mundo de lo paranormal. Cuando la única herramienta para comprender los fenómenos extraños que se producían en la casa, era ser un observador de ellos, cualquier idea, por descabellada que sea, es factible, en una situación en que la razón se ha ido de vacaciones. En estos casos, las respuestas fáciles no existen, y una manera de obtener una solución real y duradera al problema, es vivir con ello, o dormir con ello, porque lo curioso del caso, es que de día no pasaba nada y al llegar la madrugada, cuando el silencio y el dominio de la existencia desaparecen, entraban en escena los dominios de lo desconocido.


No siempre la energía extraña, o que mi excitación o emoción personal no estaban para cuentos, daba pié a ningún hecho parapsicológico: bonita palabra, porque ya indica algo que para sentirlo se ha de salir de la psicología. En el fondo dudaba de la realidad de los fenómenos y pensaba que era una treta de mi subconsciente, por la novedad de la finca. Pero no es así, si algo ha entrado a mezclarse en nuestra convivencia, en una casa donde ya habitaba, no soy yo el que lo recibo, es ello lo que me recibe. Y el remate final vino cuando me tuve que mudar a la última habitación, que desde el primer momento no le había hecho ni el menor caso. Las restantes habitaciones, sobre todo las dos con las terrazas que daban al mar, tenían que ser alquiladas, y hasta la que tenia la ventana que daba a la escalera, la tétrica, con su anticuada cama. Debían ser alojadas también en invierno, para sacar más partido al asunto.

Ya instalado otra vez, una noche, acompañada de su bagaje misterioso, la niebla, que a parte de mermar la visión, envuelve con el solemne silencio que la acompaña (era a principios de marzo y el frío y el invierno aún tenían que dar mucha guerra). Había ido al cine y visto para mas inri la película El Resplandor, con un Jack Nicholson poseído por un hotel, que a un nivel más simple, yo era poseído por un hostal. Entré por el patio de atrás de la casa con miedo expectante, producido por las imágenes que se habían desarrollado en la pantalla de cine. Pero por más que quería encontrar sosiego, no lo lograba; y al accionar la puerta de arriba con la inmensa llave, al traspasar el portón y encontrarme en el rellano, con el largo pasillo que franqueaba las tres habitaciones de abajo, antes de encender la luz, al final, dos lucecitas, como los ojos de un gato que brillan en la oscuridad, me observaban fijamente. El susto fue tremendo y encendí la luz de golpe, y me encontré cara a cara con la realidad; era mi perro (algo asustado por cierto, cosa extraña), un pastor alemán que vigilaba el bar de abajo, que se me habría olvidado aquí arriba. Lo llevé a su puesto de trabajo: tiempos en que las alarmas no eran muy conocidas, y un buen perro enseñado para el menester cumplía con los requisitos de aviso, y si alguien se atrevía a pasar del aviso, bastaba con un buen mordisco. Es que en aquel lugar, en invierno, la única casa habitada era la mía, y todo estaba más muerto que un camposanto. Por eso el perro daba un toque de vida, a parte del mio, a la casa. Pero la casa tenia vida propia, y lo iba a saber esa misma noche.


Me arreglé en el lavabo del rellano antes de ir a dormir, y el espejo no reflejaba tan solo mi imagen, veía otras cosas donde no las tenia que haber. ¿Efecto de la influencia de la película?, pero es que el espejo, descascarillado en sus bordes, daba la sensación de ser la puerta hacia otra dimensión, ya que lo que siempre se había reflejado, se distorsionaba, dando un toque de confusión, por la deformación de la estancia en la que me encontraba, grabada en su estampa. Parecía la entrada al mundo de Alicia, ese mundo de las maravillas. Me froté los ojos y volví a mirar. Todo volvía a estar en su sitio, algo travieso quería jugar con mis sentidos. Me dirigí a mi habitación, la numero cuatro, y me dispuse a dormir con mi alma sobresaltada. Ya no estaba en mis cabales, algo se elaboraba a mi alrededor.


Puse música, la pequeña radio a pilas había sido jubilada, y ahora contaba con un buen equipo reproductor para escuchar los temas, para relajar mis sobresaltados ánimos. Al final me dormí envuelto en melodías, pero al rato algo se rompió en el interior de la estancia. De un sobresalto encendí la luz y me incorporé rápido, y pude ver en el suelo una figura de arcilla hecha añicos, fruto de mis ratos de ocio. ¿Cómo había caído?, una pregunta difícil de contestar. Recogí sus restos y lo tiré todo a la papelera. No quería pensar en el por qué de la caída y cansado que estaba, mi ilusión era dormirme. Es a lo que dediqué mi atención y me volví a dormir. Pero se volvió a crear otra manifestación extraña, la mesita de noche que estaba al lado de mi cama, empezó a repiquetear como si unos dedos invisibles tararearan una cadencia, que podía ser el impulso de algo que se impacientaba. Volví a encender la luz y me dirigí a la mesita como si se tratara de un ser vivo -¡¡o te callas o te tiro por la ventana!!-. Que curioso cuando no se entiende lo que se está haciendo. Y la mesita se calló. Arto del tema y con ganas de dormir, pensé que todo era producto de mi imaginación, por la película que había visto. Logré darle un giro total a mi razón y me dormí profundamente.


Pero llegó el momento trágico, el desarrollo final de todo el drama de la casa. Ya no me desperté de golpe, simplemente abrí los ojos, porque sabía lo que me iba a encontrar, y allí estaba encima de mi. No se como explicarlo, no era como me lo hubiera imaginado, no se veía como lo quieren demostrar en las películas, se sentía. Flotaba en su liviana composición, era la energía de un ser. La esencia de una vida pasada. Supe que era él, el dueño de aquellos libros de física, de aquellos apuntes fechados antes de la guerra civil, que había encontrado en una vieja caja de madera, en uno de los desvanes de la casa. Un joven que había pasado sus años en esta casa, cuando era una segunda residencia para aquellos primeros pobladores de la ciudad, que podían permitirse el lujo de venir de vacaciones a estas vírgenes playas de la Costa Brava. No se dice nada, se habla con otros sentidos, el sexto, como se suele decir, comprendía su drama, su sufrimiento, parte de su ser se había impregnado en este lugar, porque en él, moraban los mejores momentos de su juventud. Ya de mayor había emigrado a tierras de América, buscando aventura, y por allí había dejado de existir en esta vida, como me había explicado un cliente conocedor de los antiguos moradores. Pero como una fragmentación de su alma, algo de su esencia se había negado a partir del todo y tenia su morada, entre las paredes de un lugar que le había ofertado tanta alegría. Y es que el lugar, en su momento, debía haber sido aún mas maravilloso de lo que era en esta mi ocurrencia, y mucho mejor de lo que es en la actualidad. Al ser aceptado su sentimiento y que el miedo realmente no me embargaba, quiso hacerme partícipe de su renuncia a molestar continuamente. Me había comprendido y yo lo había comprendido a él. El había vivido su romanticismo y su felicidad, y se había dado cuenta que yo tenía que vivir también mi romanticismo y mi felicidad. Y aún sabiendo que para mí, se había abierto una puerta a nuevas creencias, a partir de ahora, ya no tenía que preocuparme de la casa, porque ella me había aceptado, y quería que yo también viviera su gratitud por estar impregnada de buenos sentimientos. El drama no era una causa trágica, era hacer partícipe del gozo a quien entre sus paredes quisiera morar. Y la presencia de un ser que había participado en ello, me había dado sus razones.


Se desvaneció la esencia, me quedé solo y pensativo mirando al techo, y sentí que a partir de ese momento, la visión de mi vida asumiría otra nueva perspectiva. Y que la misión de la muerte, no es otra, que hacer del cambio de la materia una nueva realidad, y que las consecuencias de nuestras almas, son desarrollar lo bueno que en vida tuvimos, o al revés, lo malo que en ella infringimos. Dejando a la manifestación del espíritu, la energía resultante de los actos, siendo bueno lo bueno y malo su opuesto. Y sintiendo por vez primera, que un buen espíritu rodeaba al lugar, me dormí plácidamente, y a partir de aquel momento, ya no me sentí rechazado por la casa.

 

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