Demasiadas había dado ya, hasta llegar a un tipo de extenuación mental. Ella, lo más importante, la primera en no comprender. Ella, a la que por dentro se le dice, me has de dar un sentido. Pero llevaba tiempo, demasiado, sin recibir, el sentido. Ella, su propia vida, se había vuelto contra todo pronóstico, contra toda resolución, contra cualquier cosa fiable, que le devolviera, otra vez, seguridad en lo que quería hacer, para que tuviera, sentido. Demasiados entusiasmos perdidos en el umbral de las ideas, las que nunca, después de querer llevarlas a cabo, o algunas, materializadas pero sin el resultado requerido, que le crearon un estado de apatía, coronado por reflexiones sin sentido, hasta decirse, se tiene que acabar. Cansado de doctrinas sin fondo, porque en el fondo tan solo era adoctrinarse, para continuar con la farsa, se dijo, vete, y se fue.
Había llegado lejos, para permitirse, estar lejos. Y se había preparado a fondo, para disfrutar de las lejanías. Ella, ahora, consigo se compartía. Ella, ahora, tan solo, consigo y con un entorno sin cuestiones, le permitía vivir su propia vida. Se regocijaba en su logro, se olvidaba de los nunca logrados. Creo que por fin, en el argumento de mi vida, voy a ser feliz. Con el entusiasmo de haber encontrado en la soledad un sentido, se daba a estas reflexiones, para no pensar en las carencias de sentido, antes de haber llegado hasta aquí.
Y aquí estaba, solo. Sin nadie más a su alrededor. Sin nadie con quien compartir, sin nadie más para pedir ayuda, la que cuando se sentía solo, pero podía pedir, nunca, le había ayudado. Por eso se sentía tan a gusto siendo, un solitario. Solitario que vagaba por los terrenos, por las cuestas, los barrancos, las vistas solitarias que le llenaban los sentidos de amplitud, que le ofrecían su sentido, una interpretación diferente de ella, de su propia vida. Terrenos que estaban expuestos a otros propósitos, que dependían de otras causas, de otros acontecimientos, de otras circunstancias, que ella, no podía adivinar.
Ella le había vuelto a emprender rutinas, las que la soledad le ofrecía. Largas caminatas, largos paseos sin rumbo, pero sabiéndose encontrar, ya que se había preparado, para no perderse. Se había organizado para vivir solo, en este lugar que gustaba descubrir, paso a paso, aunque el tiempo, ese que no acompaña, le acompañara. Torrenciales lluvias sin cesar que habían amainado un poco y deseoso de descubrir nuevos arroyos, rápidos torrentes, vistosas cascadas, con ganas de apreciar las vistas que el tiempo que no acompaña creaba, se sentía bien con cualquier demostración del clima, aunque el terreno, el que no está a la vista, no lo indicara.
Ella, su vida, se escapa. Solo, en lo hondo del barranco. Solitarios pensamientos en la huida, los que no supo adivinar. Demasiado solo para pedir ayuda, demasiado solo para recibirla. Demasiada soledad requerida, para ahora, en esta soledad, herido su cuerpo, herida su vida, que por la gravedad, se apaga. No supo prevenir el peligro que acechaba bajo sus pies. Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. No pudo dar marcha atrás, la ladera en su conjunto, por la erosión de las fuertes lluvias, se vino abajo. Aprisionado entre rocas y barro en el fondo, un pequeño arroyo cruza por su pecho. Lo demás, menos su cabeza, bajo tierra. Sus brazos, heridos, han quedado tras la espalda, sin poder hacer nada, para salir del entierro. Es curioso, se dice, ser parte del conjunto del terreno y ver, que te pierdes. El agua que fluye por su pecho se va aclarando, el sol empieza a salir, los rayos iluminan el pequeño caudal y entre los reflejos, aparece una flor, que se instala en su pecho. Se la queda mirando y comprende. Ella, la vida, le ofrece su último regalo, su última manifestación, lo último de sus perspectivas, la última respuesta a su soledad y sin poder hacer nada más, se deja llevar, solitario.



No hay comentarios:
Publicar un comentario