Julio, emprendedor empedernido en escalar puestos con la brocha gorda, había creado una pequeña empresa, en la que su plantilla, diez asalariados, no daban a basto con tanta torre, que nacían como las setas otoñales, en las húmedas temporadas. Y Julio, para emular el boato en el que se regocijaba, se compró otra magnífica torre, un par de coches de los que maravillan y todo bien nutrido, del necesario ajuar, que acompaña a la bonanza. Y así, el Julio y la Pepa, más felices que unas castañuelas.
En la lejanía de los venideros tiempos, lejanos en lo cauteloso, cercanos en lo predecible, una conjunción de funestas eventualidades, a niveles que no podían prever, se iban gestando. Y mientras el misterio, al que lo financiero es muy dado, se engendraba, y que los ojos cegados por la pompa, no son capaces de adivinar, el Julio y la Pepa, tiraban la casa por la ventana, soltando parné, a porrillo.
Llegó un día en que las torres se empezaron a paralizar. Al Julio, las deudas y sus morosos, lo empezaron a incordiar. Su plantilla fue mermando y otro día, a los cuatro que le quedaban, ni les pudo pagar. Echó persianas, suspendió los pagos, y esperó con su mujer morena, la Pepa, los acontecimientos.
Hoy en día, acogido por sus padres, muy mayores y con las pensiones reducidas, Julio, mira demasiada tele, porque le sobra el tiempo y encima, en su ruina, fastidiado más se fastidia. Busca culpables, mas no siente su culpa. Votante del derechano poder, no comprende, el por qué lo han abandonado. Ha perdido la fe, en la apuesta de aquellas falsas promesas, en los nuevos aires de reforma, en las ideas que le inducían, a creer ciegamente en el poder del capital, cuando su patrimonio inflado estaba, que en su situación actual, en la más fastidiosa miseria, totalmente se cuestiona. Se recrimina el pensar, de que esos podrían haber sido los mejores, para devolverle otra vez, aquella dignidad fastuosa, en aquel errado momento, que con su voto, los apoyó. Se siente completamente engañado, porque él y la Pepa y sus padres, a peor. Que por suerte no les dio por tener hijos, al decirse los dos, que antes lo disfrutemos y luego, ya veremos. Que ya no sabe que hacer con sus brochas, las que antaño, tan afanosas, aquella multitud de torres pintaban. Y para no perder el sentido y así entretener el fastidio, el que le produce la cantidad de horas muertas, agarra a la Pepa, la sienta en un rincón y con mucho cariño, en la blancura del lienzo, pinta con pincel fino, sus ojos de tristeza y su alma llena de pena...
Y mientras sus trazos con amor plasma, canturrea y piensa:
-"La crisis fue un martirio y arruinarme aún más, pero lo que más me fastidia, es apreciar las triquiñuelas, que tras las falsas promesas de progreso, se escondían. Y para más jorobar, de continuo, en los medios, las machacan. Y ver tan claro, que de lo absurdo de la parálisis, ahogándonos en recortes y subiendo los impuestos, no hay quien nos saque. Y para más fastidiar, a esos fastizoides, que tan a gusto fastidios reparten, tan solo los representan, como una corrupta panda de chorizos. Que por no tener otra cosa que hacer, ya que no hay nada más que pintar, con aquellas brochas gordas, que en el triste paro quedaron, veo la tele y resignado pinto, la pena de mi deprimida Pepa, que estos finos pinceles descubren, en los emocionados trazos que estampo, para olvidar el desasosiego de lo perenne, que la ruina absoluta significa, en una sociedad capitaneada por buitres capitalistas, que un fatídico día, a la Pepa y a mí, ellos, nos legaron..."-
"Oiga caballero, usted pinta muy bien...¡¡Le compro todos su cuadros!!..."


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